Es un verdadero pueblo de pescadores
donde sus habitantes permanecieron
aislados y abocados a la pesca
del tiburón durante años.
En las últimos tiempos
muchos visitantes han descubrierto
la gran personalidad de este pueblito
situado sobre una punta rocosa,
donde el mar ha esculpido hasta
crear formas redondas casi perfectas
y extraños mares de piedra.
La arquitectura informal aunque
atractiva con que creció
el pueblo, dio continuidad a ese
aire rústico, de aldea
marina.
Las playas son espectaculares;
al suroeste está la Brava,
con olas que cortan el especial
verdeazul, y, para los niños,
es ideal la Mansa, una tranquila
y enorme bahía resguardada
del viento.
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